Adolfo Wytrykusz, un pincel que puso color a la vida 0 701

La vida de un artista y docente de larga trayectoria, que fue testigo de hechos y partícipe de vivencias de un Cañada que cambió para siempre. (Reportaje: Pablo Di Tomaso)

Debe ser unas de las pocas personas con vida que conoció ese Cañada con olor a tierra mojada, a hojas quemadas y con ruido de carretas. Debe ser el único cañadense que se puede dar el lujo de decir que conoció a Gardel, Evita, Perón, Alvear, Elpidio González y al Pibe Cabeza. Trabajó en la empresa que pavimentó Cañada, fue empleado del Correo durante cincuenta años siendo jefe del mismo y fue uno de los profesores fundadores de la Escuela Técnica Santiago D´Onofrio. Hoy, quiero escribir estas letras a una persona que admiro mucho, que lo quiero como al abuelo que no tuve (será porque siempre recuerda a mi querido Tomasito) y porque en sus ojos puedo ver todo el amor que puso en ser el Hombre que es.

Su niñez, su familia, sus amigos…
Una vez se le preguntó a Miguel Ángel porque había representado muy joven a la Virgen en La Piedad, a lo cuál contestó: «Las personalidades enamoradas de Dios no envejecen nunca.». Y Adolfo Wytrykusz con sus casi 91 años sigue siendo, por su forma de ser, un joven que aún hoy vive enamorado de su Cañada, de su familia, de sus cosas, de la pintura y de la vida. Adolfo nació el 9 de julio de 1924 en nuestra ciudad, allá por donde era el “Pueblito Las Flores” hoy barrio del legendario Newell´s Old Boys, en la casa ubicada en Lavalle 1458. Sus padres de origen ucraniano se llamaban Iván Wytrykusz y Catalina Tarnosky; sus hermanos Ángela, María Teresa, Adela y Miguel completaban el grupo familiar que vivían en la humilde casa ubicada en la zona oeste de la ciudad.
“Mi barrio era hermoso, jugábamos al fútbol en el campito de al lado donde hoy se encuentra el Hornerito e I.N.T.A. –expresa Adolfo-, los fríos eran durísimos, solía cruzar el terreno lleno de escarcha con mis alpargatas hasta la casa de doña Zoila que todos los días me tenía preparado dos botellas de leche. También pasaba Tomasito, que repartía el pan de Sonnet con la jardinera, y todas las mañanas me regalaba los bizcochos. Éramos muy humildes, mi padre trabajaba hasta más no poder”. Recordando a su padre, que vino de Ucrania en 1889 y unos de los trabajos que encontró fue de “catango” en el ferrocarril donde “mientras trabajaba en Obispo Trejo, entre paisanos y criollos, su pusieron a comer asado y tomarse sus buenos vinos. El Viejo se acostó en un vagón a dormir la siesta sin darse cuenta que se cerró el mismo y arrancó el tren. En tres días llegaron a Salta, estaba sin agua, sin comida, desesperado golpeaba las puertas hasta que alguien lo escuchó y lo sacaron medio muerto. Posteriormente se fue de a pie hasta Santiago del Estero donde encontró a unos gauchos que lo cargaron a caballo y lo llevaron a un rancherío donde estuvo ocho meses en los montes santiagueños. Al final se fue a Rosario, donde fue motorman de un tranvía.”

Don Iván llega finalmente a Cañada de Gómez donde comenzó a trabajar en la curtiembre Beltrame. Cómo había comenzado a estudiar de sacerdote hablaba ruso, latín, alemán, polaco, entre otros idiomas pero no le quedo otra que trabajar durísimo en la curtiembre, donde no cobraban con dinero sino que iban a retirar mercaderías a una cooperativa que tenía la empresa a pocos metros de la misma. Adolfo manifiesta que “gracias a Albino Ferrari mi madre pudo cobrar una pensión, ya que mi padre falleció sin poder disfrutar de su jubilación”. De su madre Catalina recuerda que vino engañada por su hermano Pedro cuando sólo tenía diecisiete años. “Mi madre siempre me contaba lo difícil que era vivir en su tierra natal, los inviernos era terribles, donde para apaliar el frío solían beber vodka que fabricaban ellos con dos dientes de ajo y pimienta. Durante el verano guardaban leña y comida para poder sobrepasar el crudo invierno.” También recuerda que le contaba como era esa Cañada cuando llegó por primera vez, con sus faroles a kerosene, sin luz eléctrica y mucha pobreza. Su primera vivienda fue un “caserío” viejo en Lavalle al 1300, después fue a Laprida entre Lavalle y Ocampo, para luego trasladarse cerca de los Ochoa, donde en los bares a ciertas horas de la noche, alguno que otros bohemios criollos solían batirse a duelo.

De su niñez recuerda a sus amigos los Santillán, los Mayer, Luigi Toledo y Buby Nícoli. “Nuestra mayor diversión era jugar al fútbol y los barriletes. Con este último solíamos ponerle una gillette a las colas de los mismos para romper el hilo o el barrilete del otro. La escuela primaria la hice en la Sarmiento cuando era directora Aurelia T. de Ulloque y la maestra que mas recuerdo es Luisa Munárriz de Baiml que fue la que descubrió mis inclinaciones por el dibujo. Los sábados íbamos a la casa de Amador Santillán, ya que su padre tocaba la guitarra y era el día que nos tomaba examen con el instrumento, allí nos encontrábamos con Ferrari, de la Vega, Leguizamón, Santucho y Mastramico que si mal no recuerdo uno de ellos tocaba la mandolina. Éramos todos vagos!!!” De aquel tiempo Adolfo siente una profunda nostalgia, “es un lugar que jamás olvidaré, era un barrio romántico, con tapiales de ladrillos, tapado con hiedras y madreselvas. En verano, y por las tardecitas, como si fuera el canto de las chicharras, se escuchaban guitarrearas con mucho vino, asados y a veces algunas que otras peleas. Recuerdo a Joselín, Viborita, los Bazán, don Pedro Aparicio y el boliche de los Albónico…”

Sus primeros trabajos
Ese barrio que Adolfo recuerda con mucho cariño, también tenía sus trágicas historias, donde por ejemplo una mañana doña Catalina se levanta y cuando llega al jardín de su casa ve un cuchillo lleno de sangre, producto de alguna pelea nocturna donde algún que otro guapo escapándose de la policía seguramente tiró el cuchillo en el patio. O un recordado partido entre Newell´s y Sport que terminó con el cinturón de Valentino cortado por una puñalada salvando su vida. Y justamente en ese lugar tan particular de la Cañada de entonces Wytrykusz remarca que “enfrente de donde nací había una quinta de Dante Ciriani y una vez la alquilaron y vivían allí unas chicas de cabarets, y siempre eran visitadas por los cafishos. Esas chicas pertenecían a Casa Grande, que era frecuentado por personas con fuerte poder político que lo hacían cerrar y quedaban dueños de las prostitutas y de todo. Una vez, escondidos tras las plantes y tirados en el pastito veíamos a las chicas como se divertían. Una buena noche aparecen dos tipos entre ellos un chico, que luego supimos que era el Pibe Cabeza, junto con algunos policías que se sumaban a la fiesta con orquesta y todo. Recuerdo que fue un lunes y cuidaba de ellas un tal Vadovía, que era lustrabotas en los Dos Chinos.” Cabe recordar que el Pibe Cabeza era en realidad Rogelio Gordillo, un delincuente que vivió en Rosario y junto a Antonio Caprioli, alias El Vivo fueron los pioneros en los asaltos comandos utilizando ametralladoras Thompson en la década del treinta y que según cuenta el relato oral popular, estuvo albergado en el Hotel Español de José María Fernández ubicado en la esquina de Lavalle y Schnack.

Cómo era por aquel entonces, Adolfo apenas hizo un par de años en la secundaria, es que estudiar en esa etapa de la vida era sólo para los privilegiados. Entre sus compañeros recuerda a Albertengo, Beltrame y Pelagagge entre otros. Ni bien dejó los estudios comenzó a trabajar en Casa Pérez Vázquez y Casadiego, que estaba ubicada donde hoy existe una tienda deportiva en la esquina de Lavalle y Pagani, y ganaba unos diez pesos mensuales, de los cuáles dejaba cinco en la compra de pilchas. Compartía las jornadas junto a Cacho Peralta, padre del hoy gobernador de Santa Cruz Daniel Peralta y don Peñafiel en la sastrería. Poco tiempo después fue a “laburar” a la panadería de los Serrano quedándose desocupado a los pocos meses. Una vez, jugando al ajedrez con Mariano Serrano y Mauricio Lederman llega al club Antonio López, administrador de Estancia La Jacinta buscando algún joven que quiera manejar la trilladora y para esos rumbos se dirigió Adolfo, donde conoció a un tal Girotto que luego fuera militar, a Silvano, Bortolato, Rossi y en la casa vivían los bisabuelos de Carina Mozzoni. Tampoco le esquivó a la labor pesada del cosechar caminando, una vez levantó con horquilla en mano todo el lino junto con Pierina, una de las niñas de la chacra. Pero en esa etapa previa al llegar al correo, Adolfo trabajó en la compañía Acevedo y Shaw, al mando del Ingenierio Ogando. Esta empresa fue la contratada por el Intendente Bautista Borgarello para las primeras cuadras de pavimentación en la ciudad. Él se encargaba de controlar los hierros y las piedras que se encontraban depositados en calle Marconi cerca de las vías férreas y fue allí donde conoció a otro personaje cañadense, el recordado Américo Rastaldo.

Siendo Intendente Municipal el recordado Isidoro Martin, que era cuñado de Adolfo y que fuera quién inauguró el Parque Municipal en el año 1942, nuestro querido amigo pudo conseguir el trabajo donde más lo recuerdan los cañadenses. Gracias al gran apoyo de Julio Peña, entonces legislador provincial, comenzó su trabajo como mensajero en el correo de nuestra ciudad. “Hace de cuenta que llegué a presidente”, expresa Adolfo, “era un gran trabajo con mucha proyección de futuro”. Y no se equivocó, a los dos meses reemplazó en los telégrafos, después fue jefe relevante, en Villa Eloísa, Fuentes, Arteaga, San José de la Esquina, San Genaro, San Genaro Norte, Las Parejas y Cañada de Gómez. Entre 275 oficinas lo seleccionaron y becaron para ir a Buenos Aires para ser sub inspector, cargo que no aceptó por estar trabajando en la Escuela Técnica. En sus cincuenta años en la institución llegó a ocupar el cargo más alto del cuál se jubiló entrada la década del noventa.

Su legado como artista y como docente
Adolfo Wytrykusz es unos de los primeros profesores de la Escuela Técnica Dr. Santiago D´Onofrio, institución que lleva el nombre del destacado educador que fuera director de la Escuela Normal y también director de la entonces Universidad Popular del Círculo Católico de Obreros, presidida por el Dr. Ángel F. Robledo y que iniciara sus actividades el 28 de julio de 1945. Esta Universidad Popular fue la antecesora de lo que en 1950 fue el Instituto Politécnico “General San Martín” y cinco años más tarde al pasar a la jurisdicción nacional se convierte primero en Escuela Fábrica Nº 224 y posterior a la creación del CONET (Consejo Nacional de Educación Técnica) recibe el nombre de Escuela de Educación Técnica Nº 1 de Cañada de Gómez (ENET Nº 1).

Entre aquellos docentes con los que Adolfo compartió las aulas podemos citar al mismísimo D´Onofrio, Armando Rizzardi, María Dolores Odorizzi, Juan Luis Toledo, Salvador Agnello, Pablo F. Lombardi, Bartolo Cuffia, Miguel Escandell, Juan Carlos Pianetto, Carlos Jordán, Bernabé Casado, Mario Rodríguez, Rogelio Fiant, Juan Larini, “Yiyo” Sileoni, Teodoro Voss, Andrés Acuña, Esther G. de Fongi, Esther Cuello, Corina Bondoni de Regis, María Teresa Odorizzi, Rosario Ramaciotti, Iris Perrier, Alida Erbetta, Rafaela Osta de Spuck y María E. Cantori. Sobre esa etapa Wytrykusz recuerda que “éramos un grupo de gente que tenía un oficio, por ejemplo Larini y Sileoni eran expertos en radio; Pianetto el mejor tornero de la zona; un carpintero que era de San Lorenzo y el Dr. D`Onofrio nos convocó a todos los que queríamos dar clases gratis a la escuela, fue en el año 1945 entre ellos estaba Teodoro Zoff electricista; Andrés Acuña en dibujo y pintura; Gravier, Armando Rizzardi, Muñoz y como se inició un curso de telegrafía Angelita Cremona me llamó para ir a dar clases, iban más de 400 alumnos en la vieja escuela Normal y otra parte en la parte de ahora. A partir del cincuenta como se cierra el curso terminé como preceptor”.
En esta historia el amor no estuvo ajeno a su vida, y Adolfo recuerda que “me mandaron a reemplazar al jefe de Tortugas y todos los días pasaba una chica que me gustaba por el correo. Era una piba que había estudiado en la escuela de monjas en Rosario. Entonces yo me agrandaba, era el jefe y la esperaba en la puerta… Pero no me daba ni la hora!!!! Entonces empecé a caminar al lado de ella, pero lo único que me decía era: Retírese por favor!!!!” De esas caminatas nació una novela que lleva más de seis décadas, con hijos, nietos y una gran familia. Así de esa manera conoció a Ilse, el amor de su vida.

Pero como dice el título de esta crónica, Adolfo en estos últimos tiempos supo darle color y alegría a la vida con un pincel. “Siempre me apasionó la pintura”, manifiesta emocionado, “conocí a don Jaime Miralpeix, un tipo introvertido, no hablaba, que vivía en Necochea al 500 en una piecita y siempre dejaba la puerta abierta, entonces yo aprovechaba y lo espiaba, de paso le dejaba monedas. Era muy bohemio… Un día me vió y le dije: Maestro porque no me enseña a pintar… Primero no quiso hasta que lo terminé convenciendo, siempre me decía que no tenía nada para la olla, entonces yo le daba unas propinas… Recuerdo que pintaba sobre cartones que le daban en el Barato Argentino… La gente pasaba y le pagaba poca guita por cada obra… Eso sí, guardo con el mayor de mis amores, su paleta de pintura.” Adolfo tuvo la suerte de conocer a Raúl Domínguez, un destacado pintor de las islas, quién lo supo visitar a nuestra ciudad y lo incentivó a que comenzara a pintar. Posteriormente Gerardo Álvarez le organizó una exposición de pequeño formato y de allí no paró nunca de dibujar, de soñar y darle color a sus días.
Parece increíble escucharlo, parece que fue ayer que conoció a Elpidio González quién fuera vicepresidente de Alvear, y también conoció al ex presidente Alvear, y si hablamos de presidentes también guarda en su memoria la figura de Arturo Frondizi, de Juan Domingo Perón, de Edelmiro Farrel caminando con él sobre el puente del ferrocarril cañadense. Y quizás sea el único hombre de nuestras calles que pueda decir “Yo vi a Evita y a Gardel!!!” Si, porque a la Jefa Espiritual de los Argentinos la vislumbró en su charla con Angelita Cremona, cuando levantó la persiana de tren y nuestra convecina le regaló un ramo de flores. “Tenía la piel blanca, era hermosa, una muñeca… Esa noche convoqué a todos los empleados del Correo para ir a recibir a la una en el tren presidencial”, recuerdo Adolfo con la voz entrecortada, “a Gardel, lo conocí porque mi hermano me llevó al Teatro Verdi, tenía 9 o 10 años, fuimos a verlos pero no teníamos plata, pero Carlitos nos pagó la entrada a todos y nos hizo pasar al gallinero. Recuerdo su voz, su estampa a pesar de ser petiso y un poco gordo…”

En estos últimos años, Adolfo fue homenajeado en reiteradas veces por muchas instituciones que reconocen en él su incansable bondad y apoyo a la ciudad. Hoy una de las aulas en la Escuela Municipal Pedro Reün lleva su nombre, decisión que tomó en el 2013 la intendente municipal Dra. Stella Clérici. Quiero finalizar con una frase que dijo John Ruskin, un recordado artista y crítico británico del s. XIX, “La grandeza no se enseña ni se adquiere: es la expresión del espíritu de un hombre hecho por Dios” y estoy seguro que Adolfo es uno de ellos.

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En memoria de Carlos Faúl 0 1558

Por Pablo Di Tomaso

Así se tituló su última nota en Estrella de la Mañana y aunque cuesta creer que su silbido no se escuche por la ciudad, que fue muy duro comenzar el festival sin él y aún hoy, muchas veces, lo espero con el mate caliente para compartir anécdotas en el museo como solía ir, siempre y cuando no haya nadie, porque según él hablábamos el mismo idioma.
Les puedo asegurar que en una grabación de cincuenta minutos, donde volví a escuchar su voz, me pareció tenerlo cerca y quizás no nos demos cuenta ahora pero con el paso del tiempo será un acervo cultural de la ciudad muy valioso, tampoco voy a negar que un par de veces mis ojos se humedecieron al retornar a la realidad y saber que él ya no está.

Su vida no fue fácil, desde niño hasta el último de sus días fue un tipo sencillo, humilde, servicial y compañero, es que la vida lo había marcado y mucho.
Fue amado y aclamado por los músicos, que gracias a su festival tuvieron su primera oportunidad de cantar frente al público, fue querido por todos aquellos que tuvieron la oportunidad de ser homenajeados en vida cuando realizaba el programa Mi Ciudad y fue admirado por los miles de niños que conocieron la historia cañadense gracias a él, o jugaron a las bolitas o ganaron sus torneos de fútbol intercolegial.
También fue criticado por un sector que no pudo aceptar su forma de ser, que no creían en su estilo de hacer historia y ser peronista a veces le trajo dolores de cabeza, hasta le quisieron sacar Las Tres Lunas para llevarlas al Parque, o le quitaron el apoyo económico a su programa o lo exiliaron al Museo. Pero él, siempre lo arreglaba con una sonrisa… Solía decirme: Pablo, todas esas críticas me entran por un oído y salen por el otro, lo importante es trabajar y hacer feliz a la gente.

Hoy quiero compartir con ustedes, una entrevista que le realicé en febrero del 2014, y lo que será parte un libro terminado que presentaremos próximamente. Ese día Carlitos me recibió en su casa de calle Pellegrini al 900, donde en el living se lucia orgullosamente un escudo del Partido Justicialista, la compañía de su perro y Richard un amigo peruano que compartió con él sus últimos tiempos.

«Nací en El Trébol el 25 de enero de 1940, y hasta los cuatro o cinco años vivimos allí. Mi papá Leopoldo era petisero y cuidaba los caballos de polo de la familia De Lorenzi, inclusive estuvo a punto de viajar a Estados Unidos llevado por los patrones a un campeonato de la disciplina», así comenzó Carlos su relato continuando su repaso de aquella etapa inicial de su vida, «pero mi papá le tiraba más la idea de trabajar en el tambo, así fue que la convenció a mi madre Ana María para que nos traslademos hacia Tortugas, donde nos instalamos a seis leguas al sur del pueblo. La escuela primaria la hice en Campo Charo». Recordemos que además de sus padres, la familia Faúl Latmann la integraban sus tres hermanos, Leopoldo Luis, María Lisel e Isabel. En aquella chacra de Tortugas, Carlitos solía ir a cuidar a las vacas, subido a su caballo, acompañando al ganado a pastorear. De esas jornadas en solitario nace en él su pasión por silbar, es que según nos expresa no era muy ducho cantando y era una manera de acompañarse modulando las canciones de la revista El Alma o Canta Claro. Pero en esos años conoce a su primer amor, el peronismo… «Con Perón empezamos a tener derechos, yo recuerdo como ponía el lomo mi padre y muchas veces pasábamos miserias, con la llegada del General y de Evita todo fue distinto, pudimos crecer, educarnos y trabajar más dignamente.»

Cuando comenzaba la década del sesenta, los Faúl se vinieron a Cañada de Gómez y se instalaron en la quinta de los Perassi a trabajar el campo… «Lo más cerca que teníamos era el Almacén de los Governatori, no teníamos luz, estábamos muy lejos, recuerdo a mi madre decirle a la vecina más cercana avíseme cuando vaya al pueblo para ir a comprar lo necesario…» Así fue que en 1961 ingresó como obrero a La Helvética, su hermano Leopoldo se había vuelto hacia El Trébol, Isabel se la rebuscaba de peluquera y Mari trabajaba en la venta de flores de los Galizzio, de esa manera la familia decide trasladarse a la vivienda de calle Pellegrini. En La Helvética trabajó hasta 1967 para empezar a darle forma a sus primeras letras en Estrella de la Mañana como cronista deportivo, pero a su vez también ejercía tareas en la imprenta con la linotipo, donde a altas horas de la madrugada finalizaban sus tareas para posteriormente ir a desayunar al bar de los Beltramone en la esquina de Ocampo e Yrigoyen comenzando así una relación con el municipio, ya que antes de irse a su casa a descansar se daba una vuelta por la secretaria del intendente para ver si había alguna novedad para el diario. Allí entabló amistad con Juan Carlos Santana, Molina y Romagnoli y fueron quienes lo incentivaron para que intente trabajar en la municipalidad. De ese momento nace una de las anécdotas más recordadas de la ciudad, donde Carlitos recuerda que «de tanto que insistieron pedí una audiencia con el intendente Hildo Storni, y así fue que llegué a la oficina de Molina y le digo que iba a hablar con Storni, Molina que no era muy claro en su escritura, en vez de poner Faúl puso Falú, y justo en esos día andaba Eduardo Falú en la ciudad donde actuaría en el Sport Club. Don Storni al leer que Falú ingresaba a su despacho se preocupó por atenderlo de la mejor manera, compró bebidas y masas finas de Ritz, y mientras tanto protestaba ¡cómo no me dijeron antes que venía este artista a visitarme!, bueno, ni te quiero contar cuando me vio entrar, ¡quién es usted!, me dijo el intendente… Faúl le dije, con mi cara de campesino asustado, ¡pero esto es una joda! gritó Storni, mientras retaba a sus secretarios por el error… Así fue que ingresé a la muni, con masas finas y el enojo del intendente… »

Sus primeros trabajos en el municipio, a partir de noviembre del ´69 cuando ingresó, fueron vender boletos en el balneario La Florida, después trabajó con los inspectores Chirino y Vera, de allí se fue a Inspección General siendo Don Bondoni su jefe, sobre esta persona Carlos recuerda que «usaba unas galochas para cuando lloviese conservara sus zapatos y las dejaba siempre en un lugar de piso de madera, un buen día los muchachos se las clavaron, cuando se las pone se pega un golpe infernal, pobre Bondoni, eran bravos los compañeros!!», posteriormente fue inspector de Obras Privadas, donde según él expresa «no entendía nada!!!!», hasta llegar al final del mandato de Storni allá por el ´73 a colaborar en la Secretaría privada donde manejaba el mimeógrafo para transcribir las ordenanzas y decretos, aduciendo que le costaba un Perú manejar el aparato… Desde la llegada del Quique Albertengo en marzo del mismo año Carlos Faúl comenzó su tarea de prensa en el municipio, manteniéndose en las dictaduras de Cabezudo y Butassi y en el retorno definitivo de la democracia con el Quique nuevamente, Balbuena y Audano. Al llegar el Partido Demócrata Progresista, el entonces intendente Abel Romegialli decide sacarlo de la oficina donde tanto empeño puso en casi 20 años para ir a trabajar a un olvidado escritorio de Parques y Paseos, como una especie de castigo por estar identificado con el Partido Justicialista. Faúl siempre me comentaba que a él le había pasado lo mismo que al colectivo de pasajeros que tenía el municipio y que por decisión también de Abel Romegialli deciden no utilizarlo más, una buena mañana con sus vidrios llenos de tierras, se pudo leer en el parabrisas del mismo “Te pararon por peronista”.

Así fue que comienza otra etapa de la vida de Faúl, cuando el entonces director del Museo Dr. Álvarez le pide al Secretario de Gobierno Héctor Alsina tener a Carlitos como colaborador en el Museo Histórico Municipal que se encontraba en los Altos del Verdi. A pesar que llevaba unos cuántos años produciendo y conduciendo el programa Mi Ciudad, junto a Daniel Ferrero y su equipo, fue en esos años que Faúl empieza con mayor empuje a escribir la historia cañadense desde una mirada más pueblerina y popular… «No me fue fácil –manifiesta Carlos- porque no coincidíamos con Álvarez en la forma de ver la historia, discutíamos mucho, pero nos respetábamos. Muchas veces me llamó la atención mediante cartas porque filmábamos sin el permiso de él escenas en el Museo del programa, o cuando tenía que salir para hacer entrevistas. En el fondo mi trabajo, sea para Mi Ciudad o para Estrella, contribuían para la historia local y a su vez para el Museo. Pero a pesar de todo, fueron años muy hermosos, enseñarles a los chicos, acompañarlos por los lugares históricos de la ciudad, fue algo que me enriqueció notablemente.» En la gestión de Amílcar Abate deciden que Carlos Faúl vuelva al palacio municipal a colaborar con la misma, pero antes de irse filmó una recordada escena para el programa La Peste, que conducían Rubén Carrera y el recordado Luis Salomón, donde se asomó a los balcones del Verdi saludando como El General.

No debemos olvidarnos, que hace un tiempo atrás, a causa de un problema serio de salud de José Antonio Ramacciotti, director de Estrella de la Mañana, Carlos dirigió interinamente junto a Eduardo Navarro y Alberto Di Paola el citado matutino local. Pero es preciso decir, que la Columna de Faúl fue un clásico de los últimos 20 años, donde en pequeñas crónicas recordábamos a personajes, hechos y lugares de nuestro pasado.

Sin lugar a dudas los máximos logros de Carlos sean el Programa Mi Ciudad, Las Tres Lunas y las jornadas para los niños. Arranquemos por Las Tres Lunas y cómo comenzó, «Lala insistía en hacer un parque para los chicos más humildes, y no sabíamos como hacer para conseguir fondos para construirlo. Me acuerdo las peleas que tenía Lala con Albertengo y después con Balbuena, porque ella lo que se proponía lo lograba, tanto insistió que una noche, con unos muchachos sacó dos arcos de maestranza y los clavó en el campito… Nunca se animaron a sacarlo, jajaja. Fue una noche, que estaba Lala, vecinos del barrio y yo, y propusimos hacer una peña folclórica donde canten y bailen los cañadenses y algunos de la región. No sabíamos que nombre ponerle hasta que a don Melera, al ver la luna radiante, dijo ¿Y si le ponemos las Lunas de Cañada?, y como fueron tres noches así nace el nombre Las Tres Lunas… Desde sus inicios la gente nos acompañó, el primer escenario era un acoplado a espaldas de Calle Rawson con una tela de Tienda La Imperial donada por Castells de fondo y el sonido era de un chico de apellido Díaz que vivía en el barrio… Era el verano de 1988… »

Con respecto a Mi Ciudad recuerda que «aunque mi pasión por la historia se acentuó en mi paso por el Museo durante diez años… El programa Mi ciudad comenzó a gestarse en el gobierno de Enrique Balbuena, quién me apoyó incondicionalmente en mis proyectos… Empezó con un micro y después vimos que era algo que iba para más grande, hablé con Daniel Ferrero y así con el esfuerzo de muchos, como Poggiana, los hermanos Sosa, Laura Bianchi y otros hicimos más de trescientos capítulos… No fue fácil, tuve mucha contra de parte de quiénes veían la historia de una manera más clasista… Pero fue un aporte importantísimo a la historia local que ahora se valora por las vivencias allí desarrolladas. Estamos viendo con Daniel de empezar de nuevo con el proyecto… » (N. de la R.: El programa comenzó a reeditarse y sale semanalmente por Canal 2 de Cablevisión). Las jornadas para los niños nace como iniciativa propia durante la gestión de Stella Clérici, contando no sólo con la colaboración de la intendenta sino con todo su equipo donde Carlos fue parte del mismo como Colaborador Institucional.

Queda para el final de esta historia, su gran historia de amor, la que tuvo con Estefani Stankevich, la Tía Lala… Ella fue quién lo afilió al Peronismo, a ese partido que le había cambiado la existencia cuando era niño. «Fue el amor de mi vida… A Lala la conocí, cuando ella trabajaba con los chicos humildes, y en 1973 llegan los torneos Evita y participamos juntos en la campaña del Quique Albertengo… Me acuerdo que se consagró sub campeón el equipo de Lala, y la canción del equipo era Meta pico, meta pala este es el equipo de la Lala, así fue que ella consigue la Colonia de Bustinza en Carlos Paz y en aquel viaje llevando a los chicos del barrio de vacaciones iniciamos una historia de amor que duró 30 años…». A Lala también la acompañó en su carrera política cuando en 1993 fue elegida concejal de la ciudad, «la campaña fue extraordinaria, su histórico bombo, fue sorprendente esa elección», tan sorprendente como la que tuvo Carlos en 2003 cuando acompañando a Stella Clérici aportó los votos necesarios para que por primera vez una mujer fuera intendenta de la ciudad, quedando a muy pocos votos de entrar como concejal… «Stella es lo mejor que nos pudo pasar, una mina de fierro, con mucho empuje, nos queremos mucho y eso siempre me alentó a colaborar desinteresadamente con ella en lo que me necesite.»

Al poco tiempo de hacer esta entrevista Carlos comenzó con sus problemas de salud, se recluyó en su hogar, en su familia, hablaba con pocos… Con quién esto escribe habló una semana antes de partir alentándolo a seguir con el trabajo que se hacía en el nuevo Museo Histórico, con Raquel Di Paola compartieron la alegría de poder traer al Chaqueño Palavecino a sus Lunas, como él venía pidiendo… La mañana del 23 de octubre de 2014, Richard un amigo peruano que compartió con él sus últimos tiempos, lo encontró sin vida en el patio de su casa y a partir de ese momento Carlos Faúl comenzó una gira en la que algún día nos reencontraremos…

Aunque su nombre esté grabado en el escenario mayor del festival, en un pasaje del Barrio Estanislao López y la delegación sur lo recuerda en su presentación, es pequeño a comparación de su legado, él fue el autor de muchas de las cosas que sucedieron en la ciudad, Las Tres Lunas, Mi Ciudad, su tarea en el Museo, las Columna en Estrella de la Mañana, sus paseos con los alumnos por Cañada, los torneos de bolitas, de fútbol, su militancia, su personificación del General Perón, sus amigos, sus amigas, su silbido, su voz… Todo eso lleva la marca de un hombre que hizo feliz a muchas generaciones de cañadenses.

Pablo Di Tomaso

 

“A veces uno se hace la ilusión que el público que nos viene a ver es siempre el mismo” 0 0

Desde hace un tiempo se lo oye opinar públicamente sobre temas políticos, aparece como novedoso a lo largo de su trayectoria.

Es cierto. Pero no soy operador político ni periodista político, simplemente alguien que tiene opiniones, y si me las preguntan, contesto. Mi contribución al tema pasa, sin embargo, por no echar más leña al fuego. Son tiempos ásperos, la sociedad argentina está enfrentada, y no me gustaría participar en ese concurso de ver quién es más ofensivo.

 

Desde sus tiempos de Satiricón, otras revistas, mucha radio, las formas de comunicar han cambiado de tal manera pero Dolina se ha adaptado, o la gente se adaptó a Dolina 

En la ciencia, cuando se estudia la relación entre un sistema y su entorno, se dice que el sistema reacciona adaptándose, y a veces modificando al entorno. Ojalá que yo haya podido modificar en algo ese entorno, modificándome a la vez a mí mismo.
Los cambios no se producen tras una reunión de producción: “Hoy le vamos a poner a este día… ¡miércoles de ceniza!….” Estos cambios, así, casi nunca salen bien. Lo usual es que parezcan casi imperceptibles, pero con el paso de los años, se advierte que fueron drásticos, no en el tiempo, sí en la intensidad.
A veces escucho un programa hecho hace veinte años. Casi no cambió nada, pero sí. Yo no tengo la misma voz, ni la misma gracia, ni los mismos gustos, pero veinte años de radio me han hecho aprender algunas destrezas. Si uno no tiene suerte, todo lo que hará es tratar de acomodarse a las nuevas realidades, pero si tiene fuerza, tal vez las modifique en alguna medida.

 

¿Se puso a pensar, en todos estos años, cuántas generaciones han pasado por el programa?

Muchas, demasiadas, a veces uno se hace la ilusión que el público que nos viene a ver es siempre el mismo, pero no, por ahí son los hijos de los que nos escuchaban entonces. Si hasta mis hijos están en el programa, quienes eran chicos en esa época. Pero a mí me gusta fluir, ver el cambio, mis compañeros cambian, a veces son otros, a veces los mismos pero que se han modificado.

 

 

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